Una muchedumbre de godos llegó al Danubio pidiendo refugio. Hombres, mujeres, niños y ancianos, todos huyendo del azote de Atila, el rey de los Hunos. El Imperio Romano, ya en modo decadente y condescendiente, les abrió la puerta. No los exterminó ni los esclavizó, como era la costumbre. La consecuencia no se hizo esperar: dos años después, esos mi...