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El niño de bufanda

Principito

Si estás leyendo esto y hace años no lo visitas, hazte un favor y búscalo. Pero esta vez no lo busques como adulto, léelo como quien intenta recordar el camino de regreso a su planeta.

Hay libros que uno conoce en la infancia y queda marcado como el ombligo. El Principito, que se lee de niño, pareciera un poco alternativo, pues ese sombrero que es la boa que se come al elefante es bastante extraño. Luego lo relee de adulto y se da cuenta, entre nostalgia y culpa, que ese principito tierno con bufanda, era un sabio que vino a decirnos que estamos pensado con todo menos con la cabeza conectada al corazón.

Para un niño, esa lectura es una delicia. Hay planetas diminutos, reyes despistados que necesitan ayuda, un zorro que habla y una rosa caprichosa. Pero lo que más los cautiva no es la historia, sino que alguien finalmente vea el mundo como ellos.

Los niños -esos seres maravillosamente sabios- saben que lo esencial no está en los números, sino en el juego, en el afecto y en las preguntas con respuesta inimaginadas. El Principito les dice, con dulzura, que está bien no entender a esos adultos nunca tienen tiempo, o por qué alguien se dedica a contar estrellas en vez de deleitarse solo mirándolas largo tiempo sin pensar … solo disfrutar y agradecer.

Ahora, si UD como adulto relee El Principito, la cachetada es doble. Primero, porque se va a reconocer en esos personajes grotescos: el rey que solo quiere mandar, el contador que acumula sin saber para qué, el borracho que bebe para olvidar que bebe (una joya de lógica circular). Y segundo, porque uno se da cuenta de que ya no sabe dibujar una oveja, ni mirar el atardecer con el corazón, ni cuidar una flor, su flor, sin exigirle sumisión.

Saint-Exupéry no nos perdona nada. Con una ternura demoledora, nos dice: “tú también fuiste niño… pero lo olvidaste”. Y ahí estamos, revisando correos a medianoche, preocupados por las metas, leyendo noticias de los desquiciados hambrientos de poder, fama y dinero y no por quién necesita una visita, un abrazo o una buena conversación. ¿Qué nos pasó?

Lo genial de este libro es que te señala el absurdo sin ofenderte y nos recuerda que de niños si sabíamos que lo importante era invisible a los ojos. Pero ahora usamos gafas, tres pantallas, y no vemos nada.

El niño de bufanda nos enseña o nos recuerda que amar es cuidar, escuchar, estar, y aceptar que las rosas en su belleza tienen espinas y que merecen ser regadas.

El Principito es uno de esos pocos libros que sirve de waze, de almohada para tener dulces sueños y de espejo… para vernos. No importa si tienes 8 u 80 años, siempre te dice algo nuevo. Es como esos amigos del alma que cuando hablas con ellos te das cuenta de que sigues siendo el niño de siempre.

El poder de ese libro está en la sencillez: frases cortas, dibujos básicos y personajes que son la caricatura de nosotros mismos. Por eso se ha traducido 500 lenguas e idiomas y sigue una conversación universal… pero desde el alma.

Para los padres del tercer milenio El Principito es un manual de educación emocional; para los verdaderos educadores, una guía para enseñar sin cercenar la curiosidad; para los jefes, una alerta sobre el peligro de olvidar que los colaboradores también tienen sentimientos (y no solo metas trimestrales) … y para los enamorados una advertencia sobre la responsabilidad del cuidar.

Hay que volver al planeta de uno y tal vez por eso al final del libro, el Principito se va… uno llora un poco, no porque no lo entienda, sino porque sabe que ese niño tenía razón…que siempre hay que volver a casa, a lo esencial, a lo que de verdad importa.

Artículo publicado originalmente en La República


La opinión expresada en esta entrada de blog es de exclusiva responsabilidad de su autor y no necesariamente reflejan el punto de vista de Pacto Global Red Colombia.

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Sábado, 30 Agosto 2025