El escritor austriaco Stefan Zweig, uno de los más notables del siglo XX, escribió tres biografías políticas sobre el fanatismo y la derrota del humanismo en épocas de locura. Las tres cuentan la historia, de resistencia y avasallamiento, de tres humanistas: Erasmo de Roterdam, Sebastián Castellio y Michel de Montaigne. Las tres tienen una especie de tono personal, urgente. Zweig no solo estaba escribiendo sobre el pasado, sino que también lo hacía sobre su tiempo, sobre las primeras décadas del siglo XX, sobre lo que llamó, en su famosa autobiografía, el mundo de ayer.
La biografía de Montaigne, que Zweig dejó inacabada en su estudio de Petrópolis, Brasil, antes de su suicidio ocurrido el 22 de febrero de 1942, puede leerse como una carta de despedida, como una reflexión sobre las tribulaciones de un hombre de entendimiento en medio de la barbarie y la destrucción de un mundo. Montaigne fue su compañero (y consuelo) durante las últimas semanas de su vida. “Leo a Montaigne como un descubrimiento”, le escribió a su amigo y confidente, el escritor francés Jules Romains.
Durante esas últimas semanas, con 61 años cumplidos y Europa en llamas, Zweig encontró en Montaigne un testimonio de la destrucción de la cultura renacentista por causa del odio y la sinrazón, y una reflexión sobre cómo mantenerse libre espiritualmente, fiel a unos principios y una idea de la experiencia humana, en medio de la destrucción y la insania colectiva.
La biografía de Montaigne (así como las otras biografías políticas ya mencionadas) puede leerse como una advertencia sobre las épocas de locura que aquejan cada cierto tiempo a la humanidad, así como sobre los límites del humanismo.
Durante los primeros años de la vida de Montaigne (1533-1592), escribe Zweig, la humanización del mundo parecía posible. El Renacimiento había traído belleza y riqueza a muchos lugares. El humanismo florecía en las principales ciudades europeas. La Reforma prometía libertad de credo y nuevas formas de pensamiento. El mundo, antes aislado, estaba conectándose: las distancias, físicas y mentales, comenzaban a acortarse como nunca. “La imprenta recién inventada daba a cada palabra, a cada significado y a cada pensamiento, la posibilidad de difundirse con rapidez”, escribió Zweig.
Pero la esperanza en la humanización del mundo se convirtió en lo contrario: en una pesadilla, en un arrebato violento, en una especie de furor destructivo que contagió las mentes del pueblo, el clero y los letrados. La Reforma desató la barbarie, una serie de guerras religiosas entre católicos y protestantes calvinistas (hugonotes) de una brutalidad sin precedentes. La llamada matanza de San Bartolomé, ocurrida en 1572, primero en París y después en toda Francia, dejó más de diez mil hugonotes masacrados por un pueblo enardecido, instigado a la violencia por el fanatismo religioso. Los hugonotes —escribió Zweig— “devolvieron, por su parte, crimen por crimen, saña por saña, barbarie por barbarie”.
La imprenta, en lugar de difundir la cultura, difundió la furia teológica. La nueva tecnología, que prometía la democratización del conocimiento, terminó transmitiendo rencores artificiales, y permitió la rápida difusión de una verdadera epidemia de odio y fanatismo. Desde Petrópolis, en medio de la lluvia incesante y las noticias del Holocausto, Zweig vio, en la vida de Montaigne, un reflejo casi exacto de sus angustias, sus esfuerzos por conservar la razón a pesar de la guerra y la destrucción.
Como Montaigne, Zweig vivió, durante su juventud, en un entorno de explosión creativa: la Viena de comienzos del siglo XX, donde la cultura estaba en el centro de la vida. Como Montaigne, fue testigo de la destrucción de ese mundo como consecuencia de la guerra. La cultura no pudo impedir el desastre y sirvió, incluso, para enardecer los ánimos. “La auténtica tragedia de Montaigne consistió en tener que ser un testigo impotente de esa horrible recaída del humanismo en la bestialidad, uno de los esporádicos arrebatos de locura como el que vivimos hoy de nuevo”, escribió Zweig.
En su autobiografía, El mundo de ayer, Zweig describe de manera detallada, casi con la disciplina de un científico social, los factores que llevaron al ascenso del nazismo y la destrucción de Europa durante la primera mitad del siglo XX. Menciona, primero, el resentimiento causado en la mayoría del pueblo alemán por la inflación, y la convicción de millones de ciudadanos de que todos aquellos que ejercían el poder eran indignos. “Nada exasperó tanto al pueblo alemán, nada lo tornó tan maniático del odio, tan maduro para Hitler, como la inflación”, escribió. Hitler ascendió en medio de una efervescente ola de descontento: la gente pedía algo de orden, así tuviera que sacrificar la libertad y el derecho.
El ascenso de Hitler fue paulatino. Poco a poco fue sumando adhesiones: “Prodigaba promesas a todos los círculos, conquistando en todos los partidos a exponentes importantes”. Muchos le creyeron. Veían en él una oportunidad de beneficio inmediato. Cuando ganó, casi todos celebraron: “La industria pesada se sentía libre de la pesadilla comunista […], la pequeña burguesía, libre de la esclavitud de los intereses, los pequeños comerciantes recordaban su afirmación de que cerraría las grandes tiendas, […] los partidos más diversos, más opuestos, consideraban a aquel desconocido que todo lo había prometido a todas las clases, como un amigo”.
Muchos confiaban en que el radicalismo de Hitler cedería una vez se enfrentara a las responsabilidades de gobierno, y que las instituciones alemanas eran lo suficientemente fuertes para refrenar sus ambiciones totalitarias. “¿Qué podía imponer [Hitler] por la fuerza en un Estado donde el derecho estaba arraigado firmemente, donde la mayoría del parlamento le era necesaria, aparte de que cada ciudadano suponía asegurada su libertad y su igualdad de derechos, de acuerdo con la Constitución solemnemente jurada?”. Como suele ocurrir, la sociedad sobreestimó las salvaguardas a la libertad y el orden institucional.
En todo caso, en sus inicios “el nacionalsocialismo se cuidaba mucho de poner de manifiesto el radicalismo total de sus propósitos […] y practicaba su método de precaución: nada más que una dosis pequeña cada vez, y después de cada dosis una pausa”. Utilizaba un método de tanteo previo. Antes de proponer una ley de censura, por ejemplo, invitaba a sus seguidores más fervientes, en su mayoría jóvenes, a quemar los libros de los autores considerados malditos. Así iba abriendo un espacio de opinión y legitimidad.
Consolidado el poder, Hitler puso en marcha su estrategia de propaganda; la mentira organizada, la construcción obsesiva de un relato que justificara y mantuviera viva la llama del odio: “los oídos y las almas […] aturdidos por la ininterrumpida garrulería de la radio”. En suma, el ascenso de Hitler se construyó con promesas falsas, con un encubrimiento estratégico de sus planes, y después, ya vencidos los mecanismos de defensa de la sociedad, con propaganda, con las mentiras de la radio y otros medios.
Hay una afinidad inquietante entre lo escrito por Zweig en El mundo de ayer y en su biografía de Montaigne con la época actual, esta tercera década del siglo XXI, de exaltación y de desprecio al liberalismo. En tiempos de Montaigne, la imprenta ayudó a inflamar los ánimos. En tiempos de Zweig, fue la radio lo que alimentó el odio y el fanatismo. Ahora parecen ser las redes sociales. En los tres momentos, la exaltación general ha estado precedida por un cambio cultural acelerado. En los tres momentos, la humanidad ha creído que la libertad era un logro duradero, que había llegado para quedarse.
Zweig escribió la biografía de Montaigne durante las últimas semanas de su vida, en medio de las noticias atroces que llegaban de Europa y su convicción de que habría de vivir ya para siempre lejos de su tierra, sus libros y sus familiares. Más de ochenta años después, sus reflexiones tienen una especie de relevancia trágica. Llaman la atención sobre la facilidad con la cual la humanidad, o al menos una parte de ella, puede entrar en una etapa de destrucción, en arrebatos de locura. “No se puede aleccionar a los hombres, solo guiarlos para que se busquen a sí mismos, para que vean con sus propios ojos”, escribió Zweig.
Zweig entendió la vida de Montaigne como una respuesta espiritual a los desafíos de quienes aspiran a resguardar la dimensión humana en tiempos difíciles. “En tales épocas —escribió Zweig—, todos los problemas del hombre […] convergen en uno solo: ¿Cómo mantenerse libre? ¿Cómo preservar, a pesar de todas las amenazas y todos los peligros, en medio de la furia de los bandos en lucha, la insobornable claridad del espíritu, y cómo conservar ilesa la humanidad en medio de la barbarie? […] ¿Cómo defenderse para no ir en las palabras y acciones más allá de donde el yo más íntimo quiere llegar?”.
Quiso, al final de su vida, antes de su huida definitiva y de su trágico suicidio junto a su esposa Lotte Altmann —quizás el episodio más dramático de toda la literatura del siglo XX—, volver sobre las grandes enseñanzas de Montaigne, sus ideas sobre cómo mantenerse humano, libre y sin ataduras innecesarias cuando la humanidad ha perdido la razón:
Liberarse de la vanidad y del orgullo, que es tal vez lo más difícil. Liberarse del mundo y de la esperanza, de las convicciones y los partidos, de las ambiciones y toda forma de codicia; vivir libre, como la propia imagen reflejada en el espejo, del dinero y de toda clase de afán y concupiscencia, de fanatismo, de toda forma de opinión estereotipada y de la fe en los valores absolutos.
El humanismo pudo haber sido derrotado en los tiempos de Montaigne y Zweig. Pero su invitación a la resistencia espiritual ha permanecido, y seguirá acompañando a la humanidad durante los tiempos de desmesura y exaltación.
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Este escrito está basado en el segundo capítulo del libro No espero hacer ese viaje: sobre las conexiones de Stefan Zweig con Colombia y la locura de la guerra, publicado por editorial Planeta en 2022.
Artículo publicado originalmente en CAMBIO
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