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La innovación no nace en un genio: nace en las conversaciones que nos atrevemos a tener.

La innovación no nace en un genio: nace en las conversaciones que nos atrevemos a tener.

Hace unos meses tuve el honor de participar como conferencista en un Congreso de Innovación Social en la ciudad de Pasto. Fue uno de esos espacios que no solo se quedan en la agenda académica, sino que se convierten en puntos de quiebre personal y profesional. Allí conocí a Paulina Cornejo, una mujer profundamente lúcida, rigurosa en su pensamiento y, sobre todo, generosa en la manera en que entiende y comparte la innovación social.

Fue una gran oportunidad para estar conectadas, esta vez en una conversación que, sin exagerar, me obligó a replantear muchas de las narrativas que incluso yo misma había ayudado a construir: la idea del “genio solitario”.

Durante años nos han contado que el mundo cambia gracias a individuos extraordinarios. Nos enseñaron a admirar nombres propios, a repetir historias de grandes hombres —casi siempre hombres— que, desde su genialidad, transformaron la humanidad. Hoy esa narrativa tiene una nueva versión: creemos que la tecnología, y especialmente la inteligencia artificial, será la encargada de resolver los problemas más complejos del planeta.

Pero en esa conversación con Paulina entendí algo incómodo, pero profundamente liberador: esa historia está incompleta.

Porque la innovación social —la que realmente transforma territorios, comunidades y vidas— no nace en la genialidad individual. Nace en lo colectivo. En relaciones que se construyen con el tiempo. En procesos que no siempre son visibles, que no salen en los titulares, pero que sostienen los cambios reales.

Uno de los momentos más poderosos de esa conversación fue cuando empezamos a cuestionarnos algo aparentemente simple: ¿dónde empieza la innovación social? Y la respuesta no estaba en una idea brillante, ni en un proyecto estructurado, ni en una estrategia perfectamente diseñada. Estaba en algo mucho más cotidiano: en las conversaciones, en la escucha, en el encuentro con el otro.

Paulina me habló de un proceso que inició sin claridad, sin certezas, sin una solución definida. Solo con una decisión: salir al territorio, escuchar a la comunidad, reconocer prejuicios y empezar a construir relaciones. Lo que vino después no fue un plan maestro, fue un proceso. Un camino lleno de incertidumbre, de ajustes, de errores. Y de manera casi inesperada, ese proceso encontró un punto en común: el fútbol.

No porque alguien lo hubiera planeado. No porque fuera una estrategia brillante. Sino porque en medio de esas conversaciones, ese era el lenguaje compartido. Lo que comenzó como una idea que incluso parecía poco viable terminó convirtiéndose en algo mucho más grande: un sistema de relaciones, de confianza, de comunidad. Más de una década después, ese proceso ha generado cientos de encuentros, miles de interacciones y, sobre todo, una transformación silenciosa pero profunda en la manera en que las personas se relacionan entre sí.

La innovación social es el proceso.

No es el proyecto que se muestra. Es todo lo que ocurre antes. Las tensiones, las preguntas, las conversaciones incómodas, la incertidumbre de no saber hacia dónde va todo. Porque cuando esas relaciones existen, cuando esa confianza se construye, el resultado puede cambiar. Pero el impacto permanece.

 En un mundo obsesionado con la velocidad, con las soluciones inmediatas y con la idea de que todo puede resolverse desde un algoritmo, estamos perdiendo de vista lo esencial: la innovación social no se puede automatizar. La inteligencia artificial puede proponer soluciones, puede organizar información, puede incluso ayudarnos a pensar mejor. Pero no puede construir relaciones. No puede generar confianza. No puede leer un territorio con la sensibilidad que requiere. Y sin eso, no hay transformación posible.

Quizás por eso, uno de los conceptos que más me resonó en esta conversación fue el de la imaginación social: esa capacidad colectiva de pensar futuros que aún no existen y empezar a construirlos. Porque lo que no imaginamos, no lo transformamos. Y lo que imaginamos solos, casi siempre está incompleto.

Hoy, después de esa conversación, me queda una certeza: el mundo no cambia por héroes. Cambia por redes.

Cambia por personas que se sientan a conversar, que se atreven a escuchar, que construyen desde la diferencia. Cambia en lo pequeño, en lo cotidiano, en lo que muchas veces no vemos porque estamos esperando algo más grande, más visible, más espectacular.

Y quizás ese es el mayor reto que tenemos desde la comunicación de la sostenibilidad: aprender a ver, contar y visibilizar esas historias. Las que no tienen un protagonista único. Las que no caben en una narrativa tradicional. Las que no dependen de un genio, sino de muchas manos trabajando juntas.

Los invito a cambiar la pregunta sobre ¿quién va a cambiar el mundo?

La pregunta debe ser  si estamos dispuestos a construirlo colectivamente.
Te invito a escuchar esta conversación con Paulina Cornejo en este link https://www.youtube.com/watch?v=OrxZ0Cf8u9A&t=2s

Y, conoce más de Paulina Cornejo en este link: https://www.linkedin.com/in/pacomova?skipRedirect=true&miniProfileUrn=urn%3Ali%3Afs_miniProfile%3AACoAAAn2S-sBXBhTlrtWbgc-gIvDz57Mo8ds1-c


La opinión expresada en esta entrada de blog es de exclusiva responsabilidad de su autor y no necesariamente reflejan el punto de vista de Pacto Global Red Colombia.

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